Imagen sugerida: vista aérea de un monte gallego quemado con contraste de zonas verdes -->

Los incendios forestales no terminan cuando se apagan las llamas. En Galicia, tras los grandes fuegos de 2025,
el verdadero desafío comenzó después: miles de hectáreas de monte quedaron desnudas, cubiertas de cenizas
y expuestas a un proceso silencioso pero devastador para el suelo y el ecosistema.

Sin embargo, incluso en los paisajes más castigados, la naturaleza gallega muestra una enorme capacidad
de resistencia. La cuestión clave es si dejamos que el proceso avance solo, con todos sus riesgos,
o si acompañamos esa recuperación con herramientas que ayuden al territorio a regenerarse mejor y más rápido.

Después del fuego: qué ocurre realmente en el suelo

<!-- Imagen sugerida: primer plano de suelo quemado con cenizas y restos vegetales -->

Cuando un incendio arrasa un monte, la pérdida no es solo visual. La desaparición de la vegetación elimina
la capa que protege el suelo frente a la lluvia y el viento. Las altas temperaturas alteran su estructura,
reducen la materia orgánica y pueden generar capas hidrofóbicas que dificultan la infiltración del agua.

En un territorio como Galicia, con pendientes pronunciadas y episodios de lluvia intensa,
esto se traduce en un alto riesgo de erosión. Las primeras lluvias pueden arrastrar grandes cantidades
de cenizas y sedimentos, empobreciendo aún más el suelo y afectando a ríos, embalses y zonas agrícolas.

Por eso, los meses posteriores a un incendio son críticos. Actuar a tiempo marca la diferencia
entre un monte que inicia su recuperación y otro que entra en un proceso de degradación prolongada.

Los primeros brotes verdes: la señal de que el monte sigue vivo

<!-- Imagen sugerida: superficie cubierta por gramíneas jóvenes -->
superficie cubierta por gramíneas jóvenes -->

A pesar del impacto del fuego, la naturaleza no se rinde fácilmente. En muchas zonas quemadas comienzan
a aparecer brotes verdes pocas semanas después del incendio. Son las primeras señales de recuperación:
hierbas, rebrotes de especies resistentes y semillas que germinan aprovechando la ausencia de competencia.

Estos primeros brotes son fundamentales, pero también frágiles. Si el suelo no está protegido,
pueden desaparecer con la primera tormenta intensa. Aquí es donde entra en juego la restauración activa,
pensada no para sustituir a la naturaleza, sino para darle una ventaja inicial.

La siembra de gramíneas: una solución sencilla con gran impacto

<!-- IMAGEN --> <!-- Imagen sugerida: pequeños brotes verdes emergiendo entre cenizas -->

Una de las estrategias más eficaces tras un incendio es la siembra de gramíneas.
Estas plantas de crecimiento rápido cumplen una función clave en las primeras fases
de la recuperación del monte.

Las gramíneas crean una cobertura vegetal que protege el suelo, reduce la erosión
y mejora la capacidad de retención de agua. Además, contribuyen a fijar nutrientes
y a crear un microambiente favorable para que, con el tiempo, puedan volver a establecerse
las especies autóctonas del ecosistema.

En Galicia se utilizan habitualmente cereales de invierno como el centeno, la avena
o el triticale, seleccionados por su adaptación al clima y su capacidad para germinar
rápidamente incluso en suelos alterados por el fuego.

El desafío del terreno: por qué no siempre es fácil intervenir

Aunque la necesidad de sembrar es clara, llevar a cabo estas actuaciones no siempre es sencillo.
Muchas zonas afectadas por incendios se encuentran en pendientes pronunciadas,
con accesos complicados o con un alto riesgo para la maquinaria y los operarios.

Los métodos tradicionales pueden resultar lentos, costosos o directamente inviables
en determinadas áreas. Esta limitación ha impulsado la búsqueda de soluciones más flexibles
y eficientes para actuar justo cuando el monte más lo necesita.

La innovación entra en escena: la siembra con drones

 

La tecnología de drones ha abierto una nueva etapa en la restauración post-incendio.
La siembra aérea permite distribuir semillas de forma homogénea sobre grandes superficies,
accediendo a zonas donde otros medios no llegan.

Gracias a los drones, es posible intervenir rápidamente tras el incendio,
cuando el suelo aún conserva parte de su potencial de recuperación.
Además, la precisión del vuelo y la dosificación controlada de semillas
permiten optimizar los recursos y reducir el impacto sobre el terreno.

Este enfoque combina innovación tecnológica con conocimiento ambiental,
convirtiendo al dron en una herramienta estratégica para la gestión forestal moderna.

Un ejemplo real en Galicia: restauración desde el aire

 

En 2025, en el municipio de Vilamartín de Valdeorras, se desarrolló una actuación
de siembra de gramíneas con drones sobre unas 90 hectáreas de monte afectado por incendios.

El objetivo principal fue proteger el suelo frente a la erosión, favorecer
la aparición de una cubierta vegetal temprana y sentar las bases para una
recuperación más rápida y sostenible del ecosistema.

La colaboración entre tecnología, administraciones locales y comunidades de montes
demuestra que existen alternativas eficaces para actuar tras el fuego,
combinando rapidez, respeto por el entorno y visión a largo plazo.

Mirar al futuro: restaurar hoy para prevenir mañana

<!-- IMAGEN OPCIONAL --> <!-- Imagen sugerida:

Los incendios forestales seguirán siendo uno de los grandes retos ambientales
en el contexto del cambio climático. Por ello, la restauración no debe entenderse
solo como una respuesta puntual, sino como parte de una estrategia más amplia
de gestión del territorio.

Actuar en los primeros meses tras un incendio, utilizando soluciones innovadoras
como la siembra con drones, permite reducir daños, acelerar la recuperación
y proteger los montes frente a futuros episodios extremos.

Porque cuando el fuego se apaga, empieza el trabajo más importante:
ayudar al monte a volver a vivir.